Ser único. Ser feliz.

- Eso no es normal

- Lo sé. Pero, ¿quién quiere ser normal?

jueves, 10 de noviembre de 2011

Hasta Lujuria esperaba a que alguien reaccionase por ella


 Te presento a Lujuria, mi vecinita de arriba.

Lujuria era tan tentadora que cada vez que él la veía meter la llave en el portal,le daban ganas de apresurarse a bajar los ciento cincuenta y un escalones que separaban la puerta de su querido piso del centro, de la mismísima calle. Soñaba con ese encuentro, teóricamente casual, que en realidad llevaba planeando desde que ella se mudó a aquel antiquísimo edificio una mañana de mayo. Aún le resulta vergonzoso cuando se acuerda de la cara de tonto que se le quedó cuando se enteró de que aquella delirante chiquilla había alquilado el piso de Doña Purificación: la viejecita de los seis gatos que llevaba viviendo justo encima de él al menos tres años. El mítico ruido del andador de Doña Purificación que tantas mañanas de domingo había acrecentado el dolor de cabeza que caracteriza a la resaca fue sustituido, aquel mismo día de mayo, por el sonido de cientos de pares de tacones que aquella nueva inquilina poseía y coleccionaba para lucir día tras día y noche tras noche.







Cada día ,a la misma hora, la veía volver a casa contoneándose con aires de muchachita impregnada de juventud. Se deleitaba viendo como aquella chiquilla siempre olvidaba sacar las llaves antes de llegar al portal, con lo que después malgastaba dos o tres minutos buceando en las profundidades de sus, a menudo, gigantescos bolsos tratando de encontrarlas. Era Lujuria de esas chicas que ni son perfectas, ni quieren serlo. Y era justo ese aire de mujer despistada lo que a él más le inquietaba de ella.

Como Lujuria nunca usaba el ascensor, siempre pasaba por delante de su puerta dejando el rellano impregnado de su aroma. Y a él le encantaba ese olor, pues Lujuria no usaba el clásico perfume extremadamente dulce que huele a una mujer cualquiera, o al menos a él le parecía que el aroma de aquella mujer, aunque arrebatadoramente dulce, tenía un regusto ligeramente picante. Le parecía adictivo, delirante, penetrante y sugerente a la vez que alegre y refrescante. Casi le daba la sensación de que ese perfume que ella usaba mandaba una serie de mensajes subliminales al mundo. Además estaba seguro de que, de ser así,él tenía un receptor perfectamente sincronizado con esos mensajes, pues cuando la olía pasar,sentía ganas de subir tras ella y dejarse de vergüenzas absurdas.

A él sus amigos le habían hablado de ciertas técnicas infalibles para tropezar con ella y dar pie a que surgiera el amor entre los dos. Sin embargo, de momento había preferido permanecer en el anonimato. Sabía que no era mala idea usar la típica escusa de película en la que un vecino que se ha quedado sin sal sube a casa de otro vecino a por un poco. Y es que, tanto literal como metafóricamente eso podía resultar cierto: su vida andaba algo sosa desde que la monotonía se presentó entre su novia y él. Aunque claro, esa chica ya no era novia ni era nada, pues ambos se eran infieles y muertas estaban ya hasta las miradas. Así que no se sentía demasiado culpable por desear más a Lujuria que a la chica que mantenía como novia.

Así, sin demasiado cambio, pasaron los meses y desde la lejanía él iba aprendiendo poco a poco de ella: Lujuria su vecinita de arriba.



Lujuria no llega a la hora. Algo cambia, no sigue igual

Una buena tarde de mediados de septiembre, tras acabar de una vez por todas con la absurda relación que mantenía con aquella chica a la que ya no deseaba, él salió al balcón como cada día esperando ver a Lujuria entrar en el portal. Sin embargo, quedó extrañado al comprobar que prácticamente se había acabado ya el pitillo que solía fumarse a aquellas horas, y ella aún no había aparecido por allí.
Entre aquellos pensamientos se encontraba, cuando oyó de repente un fuerte estruendo que provenía del balcón de arriba. Lo primero que se le vino a la mente fue la idea de que alguien estaba robando , pues le pareció inimaginable pensar que ella estuviera ya en casa. Sin embargo, sus dudas se aclararon enseguida cuando una serie de gemidos consecutivos llegaron desde aquel balcón. Al parecer Lujuria había llegado antes a casa, y además lo había hecho acompañada.


Algo dentro le dolía mientras oía los gemidos de Lujuria entremezclados con la brisa de aquella tarde. Fue quizás para él aquel el peor día desde hacía mucho tiempo, y no precisamente por la ruptura con su novia, aunque ésta también sucedió aquella tarde. No tenía razones lógicas para sentir celos de aquellos sonidos, pero la lógica no tenía que ver nada con todo aquello.
Sabía que Lujuria era una mujer deseable, pero nunca había podido imaginarse que escuchar la dulce voz de ella le hubiera afectado tanto. No supo muy bien a qué atenerse. Confuso, triste y desorientado se quedó en el balcón con aquel sonido de fondo y fumándose la tarde a base de hacer oídos sordos.
Dos copas de ron y medio paquete de tabaco después, aquel sonido parecía haber cesado. Y el silencio reinaba de nuevo en aquel bloque de edificios del centro de la ciudad. Sin embargo, tan sólo unos diez minutos después, unos gritos terriblemente fuertes le sobresaltaron, pues procedían claramente del piso de arriba.

  • ¡Sal de mi casa ahora mismo! ¡¿Me oyes?!
  • Relájate, ¡no es para tanto!
  • ¡ No me digas que me relaje! ¡ Es increíble! ¡ Eres un cabronazo integral! ¡ Sal de mi casa ! ¡ No quiero volver a verte nunca!
  • Sólo eres una guarra barata, como todas las demás. Así que no me seas exquisita porque yo puedo hacer lo que me venga en gana.
  • Ya te gustaría a ti que yo fuera como todas las demás. Si quieres una puta verifica tu agenda, porque te has equivocado de número.

Lujuria le cerró la puerta en los morros a aquel tipo, y dio un portazo que tembló todo el edificio. Desde el piso de abajo, él no supo como sentirse pues de alguna manera el dolor de Lujuria en aquellos momentos se le quedó clavado muy hondo. Hasta le dieron ganas de ponerle la zancadilla a aquel tipo para que rodara por las escaleras. Sin embargo, se vio sin fuerzas para hacer nada.
Los sollozos de Lujuria fueron lo único que se oyó durante varias noches en aquel edificio de pésima insonorización, que estaba en centro de la ciudad.



Lujuria está triste y baja en ascensor

Desde aquella tarde Lujuria había dejado de ser la misma: no se ponía zapatos de tacón que hicieran retumbar el suelo, ni iba por la calle con una sonrisa contagiosa. Pero lo más llamativo para él fue que desde que Lujuria se puso triste dejó de inundar la escalera con su perfume picante, pues decidió que usar el ascensor le permitiría no desperdiciar esas valiosas fuerzas que necesitaba para llorar y desahogarse.
A él estos cambios en ella también le entristecieron bastante. Sobretodo que hubiera cambiado la escalera por el ascensor, pues desde hacía tiempo no olía ese evocador perfume. Así que, un día como otro cualquiera, decidió llevar a cabo el encuentro “casual” que tanto tiempo había estado planteándose. Sólo quería volver a respirar ese perfume, aunque fuera durante los diez segundos que tardaba el ascensor hasta su piso. Así que, controlando a la perfección los horarios de ella, decidió esperarla en la esquina anterior a la casa y andar con ella hasta el portal donde subirían juntos en el mismo ascensor.
El plan iba sobre ruedas, y Lujuria parecía no haberse dado cuenta de que él era su vecino. Sin embargo, cuando ya estaban dentro del portal esperando al ascensor, Lujuria se dirigió a él sonriendo:

  • ¿ Sabes una cosa?- le dijo mirándole a los ojos como si entre los dos hubiera total confianza.
  • No... dime...- dijo bastante cortado pues no se esperaba para nada aquella extraña situación.
  • Puede que tú creas que me conoces a la perfección- hizo una pausa, él comenzó a ruborizarse pues creía que ella había descubierto que él se había enamorado de ella sin apenas conocerla- pero en realidad yo sé mucho más de ti.
    Él no cabía en si de asombro
  • ¿Qué quieres decir? No entiendo nada...
  • En realidad yo me mudé aquí porque me enamoré de ti...- hizo otra pausa. La situación para él había dado un giro de 360 grados en apenas unos segundos- Tiene gracia ¿verdad? Por alguna extraña razón tú y yo conectamos, porque ambos no hemos enamorado el uno del otro a simple vista y lo hemos mantenido en secreto durante meses por miedo a no ser correspondidos. La vida es tan absurda. Nos pasamos el día esperando a que pase algo que lo cambie todo. Esperamos a que alguien reaccione por nosotros y nos aterroriza fracasar. Y esto no lo digo yo, lo he leído en varios sitios. Pero es que es totalmente cierto, no reaccionamos, no tomamos las riendas de nuestra vida, o si lo hacemos a veces es demasiado tarde...
  • ¿Quieres decir que tú sabes desde hace tiempo que estamos enamorados el uno del otro...
  • Sí, lo que pasa es que no era el momento de desvelarlo todo. Es importante que las cosas pasen cuando tengan que pasar, porque si se fuerzan es difícil que funcionen. - sonrió- ¿ No piensas que soy una psicópata por mudarme a tu edificio?
  • Al fin y al cabo yo estaba haciendo un poco lo mismo...

Al fin llegó el ascensor. Él le abrió la puerta y enterrando la vergüenza añadió:
  • No se me ocurre ningún lugar mejor que este ascensor para que empiece lo que ambos estamos deseando.
  • Estoy totalmente de acuerdo, estaba esperando impaciente que dijeras justo eso.



Seducción en el ascensor. Lujuria, la vecinita de arriba fue seducida por el fumador del balcón. Al fin él puede tocarla, degustarla. Poco a poco ella se entrega. En el ascensor se respira ese perfume tan picante, tan ardiente. Los vecinos hacen oídos sordos, porque debido a la nefasta insonorización del edificio, en todos y cada uno de los pisos se oye a esos dos vecinos. Lujuria maulla como uno de los gatos de la señorita Purificación y él puede sentir que su corazón renace, su sangre se enciende y sus cinco sentidos disfrutan sintiéndola temblar.





….


A medida que fui escribiendo esta historia, me di cuenta de que en ella quedaba reflejado como tus cinco sentidos se van aventurando a amar a una persona: la ves, te entra por los ojos. La hueles, te hechiza su olor. La escuchas, conoces su historia, su alma. La tocas, la achuchas, la estrujas, comienza el contacto físico. Entonces sueles decidir que saborearla te apetece tanto que simplemente ocurre. Una vez se haya forjado confianza entre las dos personas podrás sentir a Lujuria.

Hablo de amor. Cada pareja es un mundo, pero si Lujuria se hace la facilona porque está triste y ha dejado de creer en el amor, piensa que sólo la degustarás una noche. Algunos quieren Lujuria transitoria, y otros buscan amor.


“Sentir temblar junto a ti a aquella persona por la que temblabas con sólo oír su nombre”




Pauli.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Titulado: morbo embotellado

Embotellaba el morbo y luego me tentaba con él. Dulce tentación aquella, aunque terroríficamente similar a la que puede sentir  un alcohólico con vodka embotellado. Dicen que para medir el grado de dependencia que sufres es conveniente observar hasta cuantos grados llega tu tolerancia, y a menudo me asombraba hasta dónde podía  subir la temperatura entre los dos sin que ninguno quisiera separarse. Él siempre esperaba a leer en mis ojos la sequía para sacar sus armas y rozarme con sus ganas, que aunque ahogadas por las circunstancias, parecían verdaderas. Y probablemente me atraía justo eso: el quiero y no puedo. El no saber cuando iba a atacarme por sorpresa. Pues era buen estratega, y yo lo sabía por experiencia. Antes solía planear ataques  tan efectivos que me dejaban rendida y desarmada, aunque nunca conseguía que vencer fuera fácil: ante todo  yo no iba a dejarme ganar así como así, sobretodo porque cuando más disfrutábamos era jugando.




Sus ojos brillaban cuando yo sonreía, aunque él sabía que esa sonrisa ya no era para él. Solía emborracharse y usaba el alcohol en sangre como excusa para ganar terreno, porque con o sin intenciones, le gustaba sentir mi sangre helada junto a la suya hirviendo los sábados por la noche. Le gustaba también jugar. Sabía siempre cuando le estaba mirando, porque entonces y sólo entonces, mostraba los restos de carmín en su cuello. Un carmín que no era mío, y que aunque a menudo seco, a mi me hacía de rabiar. 
Yo rabiaba, y él disfrutaba de esa rabia que a mi me hacía recordar. Le gustaba verme enfadada, y hacía como si nada cuando me veía mirar. Pero  a mi también me gustaba la carita que ponía cuando la que jugaba era yo, aunque entonces solía enfurruñarse y mirarme desafiante.


 Alguna vez, se acercó a decirme que eso era juego sucio, y después me estrujó entre sus brazos a modo de tratado de paz. Además, aquellos tratados fueron impresos con tanta tinta como ganas de disfrutar del juego, pero yo nunca  firmaba la paz porque sabía de sobra que tras mi rendición vendrían los cañonazos.  Así que, solía quedarse  mirándome con  ganas de rendirse y hacer el amor de una vez, con ganas de no más guerra . Incluso me ponía ojitos de dejar urgentemente paso a la lucha de almohadas, sábanas y colchones entre las estrategias para ponernos celosos y esas estupideces. Pero al fin y al cabo  jugábamos los dos, y aunque a veces dolía, también nos deleitábamos con las victorias propias.

Alguna vez sus ojos confesaron que las noches en las que me daba por bailar le apetecía enterrar el orgullo, pero siempre se limitaba a mirar desde lejos con una copa en la mano y una media sonrisa en la cara,  que yo no sabía muy bien que hacía ahí dibujada. También  se irritaba cuando veía mis medias rotas imaginando quién podía habérmelas destrozado a base de noches de infarto. Aunque en el fondo, quería pensar que no era más que mi despiste natural, el culpable de mi falta de glamour constante. Así que, casi siempre,le gustaban más mis medias rotas que mis medias enteras, ya fuera porque se me hubieran roto a mí, o porque las hubiera roto él en algún momento. Lo que no le hacía demasiada gracia, era la idea de que yo hubiera dejado a otro que me rompiera las medias o me despeinara más de lo estrictamente necesario.
Por mi parte, más de una vez me daban ganas de saltarme las normas, las palabras y las barreras, pero siempre recapacitaba a tiempo, aunque luego me sentía idiota por recapacitar tanto si yo  le quería conmigo. 

Yo sabía de sobra que a mi no me iban los  típicos tipos que trataban de seducirte siguiendo un procedimiento que siempre se repite, esos que no salen de la rutina ni para ligar. Y esta visto que no está de moda sorprender, así que esos tipejos prepotentes que se creen  que te hipnotizan con un par de guarradas preparadas, por desgracia abundan. Pero nunca fue ese su rollo, incluso creo que ni siquiera fue seducirme su primera intención, pero lo hizo a la perfección. Despacio, como mejor van estas cosas, dejando en el aire todo, pero cuidando que no murieran mis ganas en ningún momento. Siempre me tienta y me provoca, y de su boca sólo salen palabras que son sugerentes a más no poder. Y cuando me preguntan que es lo que a mi en un chico me importa, siempre explico que  así es como más me gustan los hombres: esos que te atontan cuando tienes los ojos cerrados, porque el amor es ciego y lo otro sólo es atracción ligada al sexo. Así que no niego la atracción, pero reafirmo que al corazón sólo llegan  realmente las cosas que no se ven. Quiero decir que cierto es que por mucho que a mi me seduzca lo de dentro, también se me cae la baba con lo de fuera, pero solo eso, la baba. Para que se me caigan los principios la razón y la ropa, a mi ya no me vale con una cara bonita. No es cuestión de encontrar un tipo guapo a rabiar que sepa pasar y enloquecer a toda mujer que ande cerca. Sé  que a quien  quiero es a él, que sólo me vuelve a mi loca, y que sabe como hacer ,que tan sólo un amanecer  me coloqué más que cualquier copa. Nunca quedé absorta sólo por sus ojos, su boca o su piel, él  supo hacer que me obsesionase con sus ansias de vivir bien, mientras sugería que como yo quedaban pocas.
Y que le voy a hacer, si él entre líneas sabe leer,y a mi me gusta escribir,aunque sea algo inusual de hacer. Pero, a él no le horrorizó que yo llenara folios de absurdas palabras mejor o peor escritas, no le gustaba lo normal, ni la perfección, ni aún menos las señoritas que con de aguja un tacón aparentan ser divinas del montón de la mujer fatal.



Me demostró siempre que él  sabe incinerar mi prudencia, y esperar con paciencia a que me rinda y me deje llevar. Porque del seducir hace ciencia, con esa labia y elocuencia que por raptarme las palabras, me deja sin hablar. Él. Quien, quiera o no, me deja sin sentido, y desde que le he conocido, poco es igual.  Él. Que cuando al fin se atreve a besarte, disfruta del plan de lo no planeado, que sólo con tenerte al lado, suspira y pide más. Él. Que con un beso hace arte, y dejando lo vivido a parte, a diario me pregunto hasta cuando vamos a jugar.

Pauli.

lunes, 24 de octubre de 2011

Me dedicó una espléndida sonrisa, toda enterita para mi.

Aquella criatura era poco más que un puñado de lágrimas, la cara roja, los ojos tristes e iluminados por el agua salada y la sonrisa más borrada que yo había visto en mi vida. Nada más verla con tal cara de pena y ese dolor instalado en el fondo de sus pupilas, me entraron ganas de estrujarla entre mi brazos y no soltarla hasta que yo mismo fuera capaz de aniquilar esa horrible tristeza. Pedía a gritos un abrazo, simplemente eso. Así que me acerqué y le acaricié una mejilla quitándole una lagrimilla salada que se topó con mi mano.


He de decir que me pareció que le sentaba bien llorar, pues sus ojos se aclaraban, pero claramente no era un buen momento para decírselo, pues por menos de nada nos inundaba, nos ahogábamos y encima se deshidrataba. Así que no dije ni pío, y simplemente estuve abrazándola hasta que sus sollozos se calmaron, se separó de mi y dijo mirándome intensamente:
- Muchísimas gracias, de verdad

Me dedicó una espléndida sonrisa, toda enterita para mi. Entonces descubrí que la sonrisa de esa personita tan triste no era para nada fea, quizás era, eso si, una sonrisa falta de costumbre, pero mucho más sincera que esas que se dibujan en tantas caras con la única función de aparentar estar gozando de la felicidad. Mantuvimos la mirada y la sonrisa unos instantes y entonces me dijo:
- ¿Sabes por qué estoy así de triste? Porque es duro ese odioso estado de transito entre el amor y el desamor.
- Entiendo... ¿sabes? Una vez que yo estaba igual de triste que tu alguien me enseñó este truco fíjate bien- dije mientras cogía una servilleta de papel y un bolígrafo.
Sus ojos se abrieron como platos, estaba impaciente por ver como podía acabar con toda esa tristeza. Yo escribí una frase en la servilleta y taché una serie de cosas. Antes de enseñarle lo que había escrito le advertí:
- Quizás ahora te parezca duro, pero en menos tiempo del que te piensas tu serás capaz de tachar las mismas palabras que yo de esta frase. Mira:
Eres lo mejor que me ha  pasado
- Gracias. Sé que es cuestión de tiempo, pero te aseguro que no quiero olvidar, no quiero tachar nada, sólo quiero ser feliz con lo que hay...
- No desesperes, el tiempo dirá. Gracias por tu sonrisa, es preciosa


Pauli.
Y es que una sonrisa vale mucho: enriquece a quien la recibe, sin empobrecer a quien la ofrece. Dura un segundo si, pero no se olvida.
"Haz el favor de regalarlas ojitos tristes”



sábado, 22 de octubre de 2011

Le gustaba el olor a día recién estrenado

Lo hizo sin pensar. Simplemente algo dentro le decía que tenía que hacerlo. Ya se inventaría alguna excusa ingeniosa cuando ella le preguntara que era lo que quería, cuál era la razón de su visita. Se había levantado con ganas de verla y no quiso pararse a pensar en absoluto en las razones. Aún estaba a medio calzar, cuando las primeras luces del alba entraron por la ventana. Justo entonces, se le vino a la mente la imagen del amanecer veraniego que vino con la carta de presentación pertinente entre ambos. Tan resacoso estuvo entonces como lo estaba aquella mañana, pero las hojas secas de octubre no sabían igual que la noche en la que se saludaron por primera vez en sus vidas. Bien poco se habían parecido la gran mayoría de amaneceres de los últimos meses a aquel de una noche de verano.



Simplemente así, guiado por sus impulsos, se plantó en casa de ella. Llamó a la puerta insistentemente, pero probablemente era demasiado temprano para que esa pequeña hibernadora de fines de semana estuviera despierta. Llamó una vez más, aunque con pocas esperanzas, y esta vez la puerta se abrió. Se la encontró con pintas mañaneras: con una camiseta ancha que dejaba ver sus piernas aún ligeramente bronceadas y el pelo alborotado,enmarañado, como si acabara de hacer el amor. Le pareció que estaba guapa a la vez que imperfecta, aunque quedó desconcertado al ver que ella le recibía así. Tenía pinta de llevar rato levantada, pues tenía ya los ojos encendidos, como puestos en marcha. Sonrió de sopetón al verle. Su cara pasó de tener una línea recta y seria por boca,a contar con una dulce rodaja de sandía justo encima de la barbilla. Hubo una conversación de miradas que sirvió de buenos días. Sin embargo, no fue sino el pitido de la tostadora quien rompió el hielo:
- Un segundo, voy a coger las tostadas que me gustan muy blanquitas y no quiero que se me chamusquen. Ahora te saludo como es debido. Pasa, siéntate, no creía necesario decírtelo.- se alejó hacía la cocina y el vaivén de sus pasos provocó que la camiseta se subiera peligrosasmente unos instantes.
+ Es que estaba esperando a que me invitaras a una tostada.- pasó sin quitar la mirada de sus pasos hasta que éstos se perdieron en la penumbra del pasillo. Acto seguido, cerró la puerta.
- Claro, coge lo que quieras. ¿Qué haces aquí?¿necesitas algo?- dijo desde la cocina.
+ En realidad pasaba por aquí y me ha olido a tostadas y he decidido pasar a robarte una. – mintió simplemente para salir del paso. No pretendía sonar convincente, tan sólo no estaba dispuesto a admitir la realidad.- Llevas rato levantada ¿verdad?- añadió.
- ¿Se puede saber cómo lo sabes?
+ Me sé de memoria la cara que tienes nada más despertar – hubo un intenso silencio.
Ella, desde la cocina, sonrió entre dientes,pues le alegraron esas palabras. Él notó cómo se la estaba llevando a su terreno, cómo ya no sería necesario contestar a incómodas preguntas sobre la razón de su inesperada visita. Optó entonces por andar hacia la cocina para pillarla por sorpresa, pero se encontraron los dos de frente en el pasillo. Apenas podían verse cuatro ojos dos a dos iluminados en la oscuridad de aquellas paredes y las siluetas de dos cuerpos indecisos que mientras se acercaban dejaban ver que con pocas palabras buscaban muchas respuestas. Entraba una luz tenue por la rendija de una de las habitaciones, que les iluminó cuando se acercaron un poco, pero que apenas permitía ver los contornos de esos cuerpos a grandes rasgos.
- ¿Sabes? Ultimamente soy madrugadora, no ha sido casualidad encontrarme despierta. Descubrí que me gusta ver amanecer.
+ Pero ¿cómo vas a ser tu madrugadora? A ti te apasiona dormir, o simplemente pasar horas en la cama entre las sábanas.

- Supongo que algunas cosas te cambian un poco. A mi me sigue gustando dar guerra desde la cama, pero casi me gusta más despertarme con el sol porque me parece que el cielo me da los buenos días cuando la línea del horizonte empieza a clarear. Me encanta como flota en el aire ese olor a nuevo, a día recién estrenado.
+ Tú siempre tan metafórica, tan soñadora y tan imperfecta...- hizo ademán de acercarse, pero no ganó mucho terreno.
- Sé que estarás preguntándote si eso significa que todas las mañanas me acuerdo de ti. La verdad es que al principio sí, las primeras veces te colabas irremediablemente en mi cabeza desde por la mañana, y no podía hacer mucho por sacarte...
* Hola fea, he traído churros para desayunar- dijo una voz de hombre desde la entrada.
- Hola, estoy con un amigo, ahora voy.
+ Creo que es mejor que me vaya...- ella le tomó por la muñeca acercándole a sí- pero ¿qué haces? Te han traído churros calentitos.¿Por qué ibas a preferir a alguien que te roba tostadas en medio de un pasillo oscuro? Sólo soy un tipo raro que pasaba por aquí para robarte un par de tostadas, y de paso ver lo guapa que estas tan poco arreglada...
- Escucha. Cállate. Los tipos raros son los mejores.-dijo mirándole intensamente.
+ En cualquier caso, dijimos que...
- ¿A quién le importa lo que dijimos? Lo que pasa es que no hemos hablado de corazón a corazón.
+ Siempre hemos tratado de prescindir de las palabras cuando eran innecesarias
- Pero dos corazones pueden hablar de muchas formas...- se alejó para relajar la situación, ya que llevaban unos cinco minutos respirándose tan cerca que comenzaban a tener dificultades para mirarse a los ojos.- ...para empezar deberíamos de ser sinceros....- él abrió la boca, pero ella puso dos dedos sobre sus labios dulcemente y no le dejó decir nada- me refiero a que antes te he dicho que solías ser un pensamiento habitual al principio, pero para mi desgracia eso poco ha cambiado...
+ ¿Quieres decir que a pesar de todo...?
- Quiero decir que cada vez que Madrid amanece me acuerdo del primer amanecer que vi en toda mi vida, y por suerte o por casualidad tu estabas conmigo. Anda vamos a comer churros, que se van a enfriar.
+ Pero y ¿qué pasa con él señorita? ¿Qué va a pensar que hacíamos tu y yo con pintas mañaneras en el pasillo?
- Que piense lo que quiera, igual que es mayorcito para coger mi moto e ir a por churros, es mayorcito para entender que tengo amigos.
- No me lo puedo creer, ¿ese bozarrón es el de tu hermano?
+ Sí, es la voz del enano. Suponía que no lo sabías, pero tenía que hacerte sufrir un poco ¿no crees?
- ¡Serás mala!
+ Eso te pasa por venir aquí a robarme tostadas. ¡Ah! y otra cosa, si crees que no vas a ser capaz de levantarte a por churros, yo tengo la solución perfecta: no hace falta que durmamos, sólo es imprescindible que veamos amanecer.
Desayunaron, y estrenaron ese nuevo día con olor a conversación de corazón a corazón.





Pauli.



muerde la vida

HAIRCUT from MAMMOTH on Vimeo.